EL REALQUILADO DE DOÑA ENGRACIA (III)
Toño despertó la mañana del domingo en su cama. Y lo primero que pensó fue que ojalá estuviese a su lado el realquilado de doña Engracia para repetir lo de la tarde anterior.
Su madre entró en el cuarto y le apremió a levantarse.
-Ven conmigo a misa –le dijo mientras recogía del suelo la muda sucia para lavar.
-¿No me puedo quedar un rato más en la cama?
-¿Tú también vas a terminar como tus hermanos, que ya no cumplen con los mandamientos así les caiga un rayo?
-Está bien –se resignó Toño.
La madre examinó los calzoncillos del chico y descubrió espantada una mancha de sangre.
-¿Y esta sangre? –dijo alarmada.
Toño se puso de todos los colores.
-¿Qué te ha pasado?
-Me duele cuando voy al baño –se apresuró a contestar.
-¿Tienes hemorroides?
Toño afirmó rápidamente con la cabeza.
-Me daba vergüenza decirlo.
-¡Ay, qué niño! Ahora mismo nos vamos a una farmacia y compramos una pomada. No tienes que avergonzarte. El abuelo las tuvo y gracias a un ungüento que le recetaron, se le curaron. Así que levántate que hay cosas que hacer.
De esta manera, sin sospecharlo, la madre de Toño colaboró en solucionar los desagradables efectos secundarios del sexo anal que su hijo había empezado a practicar.
Tras la visita a la farmacia de guardia más próxima y hacerse con el consabido ungüento, acudieron a misa a la parroquia. Ofrendaba monsen Camilo. Se pusieron en el ala derecha, justo al lado del cuadro donde el anciano santo de entrenada musculatura era martirizado por ese par de malvados paganos de atlético físico y rostros diabólicos. El que permanecía más erguido de los dos con un mazo en las manos y dispuesto a golpear la enorme cabeza del clavo que su secuaz sujetaba sobre una de las manos del indefenso santo, era el más parecido al realquilado de doña Engracia. Toño se pasó toda la ceremonia recreándose en su imagen y en los recuerdos de la tarde anterior.
No lo pudo evitar: al volver a casa, se encerró en el baño y se la cascó.
También se la cascó esa misma noche antes de dormirse, la mañana del lunes antes de levantarse y la noche del lunes antes de conciliar el sueño.
Por lo demás, el ungüento parecía efectivo y el dolor que sentía al defecar se suavizó de manera considerable.
El martes por la tarde, hacia las siete, cuando volvía a la tienda después de entregar el último mandado, le salió al paso el hombre que ocupaba todos sus pensamientos.
La piel entera se le erizó al verlo.
-Hola, chavalín –le saludó el realquilado calibrando la respuesta del adolescente.
-Hola –respondió Toño sonriendo.
-¿Cómo estás?
-Bien.
-¿Bien del todo?
-Bueno –carraspeó el chico dejando la cesta vacía en el suelo- Me duele un poco el culo.
Al realquilado se le ensombreció el rostro.
-¿Te arrepientes de lo que hicimos? –preguntó decepcionado.
Toño meneó la cabeza en gesto negativo y añadió:
-Sólo pienso en repetirlo.
La cara del hombre cambió por completo, como si acabara de salir el sol en sus sentimientos. No pudo evitar darle una cariñosa palmada en una de las sonrosadas mejillas.
A Toño se le puso tiesa de inmediato.
-¿A qué hora terminas? –se interesó el realquilado.
-Pronto. No hay ningún recado más. Así que lo que tardemos en ordenar el almacén.
El hombre miró a izquierda y derecha para asegurarse de que nadie les escuchaba:
-Sólo de verte ya se me ha puesto dura.
Se metió la mano en uno de los bolsillos del pantalón al objeto de estirar la tela y que el chico viese el crecido bulto.
-También a mí –e imitó el gesto del adulto.
El realquilado se mordió los labios suspirando.
-Anda y ve a tu trabajo. Te espero.
-Vale.
El muchacho entró en el almacén aledaño a la tienda de ultramarinos. Pascual, el joven encargado que trataba al chico de manera despótica, le puso una escoba en las manos nada más llegar.
-Ya sabes lo que te toca.
Toño le miró sin disimular su odio pero se puso a la faena.
-¿Quién es ese con el que hablabas?
El chaval volvió el rostro hacia Pascual con evidente alarma. Se encontró con la mirada ávida e inquisitiva del joven.
-A ti que te importa –respondió sin pensar.
De inmediato Pascual captó los nervios del adolescente y supo que allí existía un secreto.
-Cuidadito con la manera de dirigirte a mí, ratita presumida – le advirtió arreándole un coscorrón.
Toño quiso devolverle el golpe con el mango de la escoba, pero Pascual se la quitó de las manos y le tomó del pelo con saña arreándole al tiempo un sonoro bofetón.
El chico se lanzó contra él y se enzarzaron en una desigual pelea.
En la disputa derribaron varios frascos de conservas que se estrellaron contra el suelo desparramando su contenido de atún escabechado.
El dueño de la tienda acudió al escuchar el jaleo.
Los separó con tan mala suerte que en el forcejeo, Toño le dio un manotazo en la cabeza y le descolocó el peluquín.
-¿Qué está pasando aquí? –dijo mientras se colocaba precariamente el postizo.
-Le he mandado que escobase y se ha negado –se apresuró a acusar Pascual.
-¡No es cierto! –quiso defenderse el adolescente.
-Aquí dentro se hace lo que Pascual te ordene. Y si no te gusta, te vas por la puerta. Ya hablaré con tu padre sobre lo que acaba de pasar.
El dueño descubrió horrorizado los botes rotos.
-Esto –dijo señalando el destrozo- te lo descontaré del sueldo.
Pascual sonrió encantado con la decisión del dueño.
Toño abandonó el almacén mucho más tarde de lo previsto. Cuando se reunió con el realquilado tenía los ojos arrasados en lágrimas.
-¿Qué ha pasao, chavalín?
Toño le contó el suceso.
-¿Dónde está ese Pascual?
-Coge el tranvía en la parada de la esquina para regresar a su casa.
El realquilado echó a caminar con el chico detrás. Llegaron a la parada.
-¿Es ése? –preguntó señalando al joven encargado que esperaba distraídamente a su transporte.
Toño asintió.
-Te gusta mucho putear a los que son más débiles que tú, por lo que me han dicho.
Pascual se quedó de una pieza al principio, pero reaccionó con nerviosa chulería al momento.
-¿Me hablas a mí, pueblerino?
El puño del realquilado salió disparado con tal velocidad que Pascual ni lo vio llegar. Su nariz sufrió el golpe; le manó sangre.
-Tócale un pelo y te patearé los huevos hasta reventártelos, hijoputa.
El tranvía llegó y Pascual quiso montarse, pero el realquilado le cogió de un brazo y le impidió subirse.
-¿Ánde vas, mal nacido? Aún no he terminao contigo.
El conductor del tranvía, viendo el lío, arrancó apresuradamente.
-Al chaval le quieren hacer pagar lo que se ha roto. ¿A que no lo va a pagar? ¿A que lo vas a pagar tú? ¡Contesta, mal nacido!
Pascual dio el sí con la cabeza.
No satisfecho con la rápida claudicación del joven encargado, el realquilado le tomó del cuello de la camisa y le arreó un rodillazo en sus partes.
-Así tratamos en mi pueblo a los mierdas como tú, por muy de capital que sean.
El realquilado cogió a Toño por los hombros y ambos se alejaron del lugar bajo la mirada atenta de los transeúntes que habían visto la escena sin atreverse a intervenir.
El hombre y el chico se refugiaron en la bodega de la casa. Ya eran más de las nueve y Toño hacía rato que debería de estar en casa.
En esas profundidades, al abrigo de miradas ajenas e intolerantes, Toño desabrochó la camisa del hombre que le había defendido del avasallador Pascual. Con las manos acarició los pectorales cubiertos de vello. Sus labios atraparon los oscuros pezones succionándolos con fuerza.
El realquilado se mostró complacido.
-Cuanto placer me das, chavalín.
-Tú a mí también.
-¿De verdad? ¿Tanto te gusto?
Toño sólo lo miraba con la boca encendida de deseo.
El hombre le dio un ardiente y prolongado beso.
-Si estuviéramos en mi pueblo te llevaría a un lugar que me sé para follarte toda la noche.
Toño le devolvió el beso con todas sus fuerzas.
El realquilado le bajó los pantalones y le buscó la entrada del culo.
-Sólo pienso en metértela –le dijo.
Toño se apresuró a desabotonarle la bragueta y liberarle la palpitante polla.
-Está mojada.
-Porque le gustas, chavalín; le gustas mucho.
El realquilado le dio la media vuelta colocándole de cara a la polvorienta pared y encajó su caliente verga entre las piernas. Toño respiraba agitado por las emociones.
La polla del hombre se deslizaba contra el perineo del chico que poco a poco abrió las piernas permitiendo que el duro miembro acabara a la entrada de su culo.
El realquilado empujó y penetró sin el menor problema dentro del muchacho pues el ungüento que se aplicaba para las presuntas hemorroides, le mantenía lubricado.
-¡Joder, chavalín, qué bien se te clava!
De nuevo Toño sintió que la invasión de sus entrañas le llenaba de un gozo insuperable por ninguna otra sensación experimentada hasta entonces.
El hombre se la hincaba alternando ritmos pausados con momentos de velocidad extrema. Tan pronto le besaba como le mordía en el cuello.
-Me vuelves loco, criatura.
Toño comenzó a correrse a su pesar, porque hubiera deseado continuar así por horas.
El realquilado le vació cuanto sus huevos contenían estrujándole contra sí hasta dejarle sin respiración.
-¡Eres tan guapo, rubiales, y esta piel que da gozo tocar…! –dijo el obrero con la respiración aún entrecortada por el esfuerzo y sin acabar de sacársela del culo.
Toño se apretaba contra el cuerpo de definidos y curtidos músculos del trabajador, buscaba el roce de su dura barba, la calidez de su abrazo, el contacto firme de sus manos encallecidas.
-¿Qué me das? –le preguntaba el hombre forzándole el rostro para encontrar sus ojos.
Toño no contestó. Aunque en el pecho le latían sentimientos que no sabía cómo volcar en palabras. Sólo tomaba las manos de ese hombre tosco, feo y protector para sentirse por ellas atrapado, felizmente atrapado.
Al día siguiente Pascual ni le dirigió la palabra. No hubo órdenes fuera de lugar, no hubo humillaciones de ninguna clase y la jornada matinal se desarrolló en un ambiente tenso pero sin incidentes.
Sólo hubo un hecho reseñable y es que Pascual solicitó permiso al dueño de la tienda para ausentarse una hora y durante ella Toño fue el dueño absoluto del lugar asumiendo toda la responsabilidad. No se amedrentó ante el reto y cumplió con esmero con cuanto se le pidió desde la tienda. Volvió a casa al mediodía para comer. Saludó a la familia que ya estaba sentada a la mesa y se dispuso a servirse de las deliciosas lentejas que su madre había cocinado.
-¿Quién es el hombre que te va a buscar al trabajo?
La pregunta del cabeza de familia provocó un silencio agobiante.
El rostro de Toño adquirió un tono escarlata.
-Contesta –insistió el padre.
La madre trataba de ocultar su desazón consumiendo con avidez un trozo de pan.
Los hermanos no levantaban la vista de los platos.
-Es el realquilado de doña Engracia.
-¿Y qué tienes que ver tú con ese individuo? –presionó el padre.
Toño empezó a comprender la causa de que Pascual hubiese pedido permiso esa mañana en el trabajo.
-Me defendió de Pascual, el encargado del almacén de la tienda.
La noticia, por novedosa, desencadenó una serie de miradas inquietas entre los miembros de la familia.
-¿Cómo que te defendió? –quiso saber la madre.
Toño contó el incidente de la pelea, los frascos de conservas rotos y las consecuencias para su salario.
-A la salida del trabajo, me lo encontré porque él también trabaja cerca –se explicó el adolescente- Nos caemos bien; también le gusta el fútbol y dice que le recuerdo a su hermano.
-¿Ves cómo había una explicación a todo lo que te han contado? –casi le gritó la madre al cabeza de familia, cuyo rostro empezaba a presentar signos de desconcierto.
-Me vio tan mal que me preguntó qué me ocurría –prosiguió Toño- Cuando lo supo, se fue derecho a la parada del tranvía y le partió las narices a Pascual.
-¿Y no sabes contarme nada a mí, que soy tu padre?
-¿Y qué caso me hubieras hecho? Seguro que hubieras pensado que me lo estaba inventando para no ir a trabajar.
-Y ahora ¿qué? –intervino la madre- ¿Vas a insistir en que Toñó continúe en ese sitio donde han estado abusando de él además de humillarle? Eso sin contar con los chismes con los que te ha ido ese hijo de Satanás y de quien te has creído todo. Porque siempre haces lo mismo, crees antes a los de fuera que a los de casa.
Lo que en un principio asomaba en el horizonte como un huracán de consecuencias devastadoras para el adolescente terminó en un severo ajuste de cuentas familiar donde el cabeza de familia recibió toda suerte de reproches por parte de su esposa. Y la decisión irrevocable de que Toño no regresaría al almacén. Además la madre juró que se personaría por la tarde en la tienda para hablar con el dueño de la misma y dejarle bien claro la clase de empleado que tenía como responsable del almacén.
-Y que lo despidan si es menester –zanjó.
El viernes por la tarde, hacia las seis, ya al borde del final de la jornada, el capataz de la obra del edificio que sería sede de las oficinas centrales de un banco, se acercó al realquilado de doña Engracia que estaba amasando una última colada de cemento para los enlucidos.
-Un chico que dice que es primo tuyo te espera abajo.
-¡Ah, sí! Le dije que pasara a buscarme. Es hijo de una prima de mis padres. ¿Le importa a usted que suba?
-¡Qué me va a importar! Y termina esa masa y déjalo ya.
-No se preocupe por mí, que no tengo prisa.
Toño, que era el supuesto primo, recibió del encargado las indicaciones de cómo llegar hasta donde el realquilado faenaba.
El adolescente se internó en el edificio en construcción. Los albañiles ya se despedían o se estaban lavando en las tomas de agua provisionales.
-¡Niño, ánde vienes por aquí, que te vas a manchar! –le dijo uno ya veterano al verlo pasar. Toño se sonrió por el comentario con la misma picardía que si le hubieran lanzado un piropo.
Por fin dio con el realquilado. No llevaba camiseta. Hacía demasiado calor en esa tarde de agosto y la portaba colgada de un lateral de la cintura del pantalón. La piel le brillaba con el sudor y aquí y allá se veían salpicaduras de yeso o cemento. La sombra de la barba sobre su rostro “feo” le confería un aire de rudeza extremo y remarcaba su masculinidad casi visceral.
Al ver al muchacho apoyó la pala en el suelo y descansó su cuerpo sobre el mango de ésta.
-¿Me traes bebida fresca? –dijo a Toño con el semblante recorrido por goterones de sudor.
El muchacho sacó de una bolsa de tela una botella de cerveza de litro y se la pasó al realquilado.
Este le quitó la chapa dándole un golpe al cuello de la botella contra el mango de la pala y se bebió de un trago cerca de la mitad. Eructó.
-¡Joder, me hacía falta! Gracias, chavalín.
-¿Dónde vamos a ir? –quiso saber el muchacho.
El realquilado señaló al techo.
-Arriba hay unos colchones.
-Pero está lleno de gente trabajando.
-En media hora aquí no queda ni Dios. Y ya le he dicho al capataz que hoy cerraba yo –y sacó unas llaves del bolsillo.
Toño, pese a la explicación miró alrededor con desconfianza.
-Ayer hablé con tu madre en las escaleras de casa. Se hizo la encontradiza pero me estaba esperando..
-¿De qué hablasteis? –preguntó el adolescente con preocupación.
-Me dio las gracias por defenderte del mierda ése del almacén. Pero pensé: tendría que ser yo quien le diera las gracias a ella por haber parido un chavalín tan guapo como tú.
Los dos se miraron con deseo.
-Me ha invitao el domingo a comer en tu casa –añadió el realquilado quitándose algunas salpicaduras de yeso del vello del pecho- Voy a conocer a toda tu familia.
-Pues no te envidio. Sobre todo por mi padre. Es un…Bueno, ya lo conocerás.
Al rato, el capataz le dio una voz al realquilado.
-Que te quedas tú solo. Y que no te olvides de cortar el agua –le dijo.
-No se preocupe; lo dejaré todo bien cerrao.
Tras despedirse del capataz, se volvió hacia Toño y le dijo:
-Ya no queda nadie. Sígueme.
Subieron por las rampas de hormigón que eran las bases de las futuras escaleras del edificio, hasta una de las plantas donde los trabajos ya estaban muy adelantados, con baldosas en los suelos y paredes en lucidas a las que sólo les quedaba la mano de pintura correspondiente. En una sala amplia, arrinconadas, se veían unas colchonetas,
-Aquí subimos a dormir la siesta después del almuerzo –dijo el realquilado echando otro buen trago de la botella de cerveza hasta apurarla.
Se volvió hacia Toño y lo observó por unos segundos.
-¿De verdad te gusto? Si soy un tío feo, inculto, basto…
-Yo no veo eso. Yo veo a un hombre cariñoso y que me enseña muchas cosas.
El realquilado le tomó el rostro con sus manos sucias y encallecidas.
-O sea, que aparte de gustarte…¿me quieres?
Toño sintió cómo el corazón latirle a mil por hora y sin pensarlo, abrazó el cuerpo semidesnudo del realquilado, levantó la cabeza y encontró los labios del hombre besándolos con todas las ganas del mundo. La barba crecida le rozaba los suyos, el sabor a cerveza le llegaba a la garganta. Sus manos se asían casi con desesperación a la piel del obrero.
-Esto es todo lo que puedo contestar –dijo tras el prolongadísimo beso.
-Me basta.
El realquilado lo llevó de la mano hasta las colchonetas.
-Vamos, chavalín, quítate la ropa.
Toño obedeció desprendiéndose de la camisa de manga corta; siguió con los pantalones largos y después con los calzoncillos. Se quedó completamente desnudo salvo por una cadena de oro de la que colgaba una cruz y una medalla con la imagen de la Virgen.
-Quítate todo –insistió el realquilado señalando los símbolos religiosos.
El muchacho le complació.
Gozaba su cuerpo en desarrollo de una carnalidad atractiva. Las piernas ya aparecían cubiertas de un suave vello dorado. Los huevos le empezaban a colgar con pesadez de un escroto rodeado de una densa pelambrera que subía hasta el ombligo. Y en medio del pecho resurgía esa vellosidad dorada hasta la base misma de sus pezones de un leve tono rojizo. La polla, dura y pegada a la piel del vientre en lo que parecía un mástil blanquísimo con la punto rosada, le vibraba de excitación.
El realquilado le dio la vuelta para palparle los glúteos, sobresalientes y duros.
-¡Joder! –exclamó el obrero- Ni en mis mejores sueños imaginé que tendría a un chavalín tan guapo como tú como ahora te tengo.
El realquilado se lanzó a recorrer con su boca la piel del muchacho. Lo devoraba con un salvaje entusiasmo. Tan pronto le comía el culo como le succionaba los pezones. En un instante besaba sus labios y al siguiente le lamía las axilas ya cubiertas de una densa pelusa.
Lo cogió en vilo con sus fuertes brazos y lo tumbó en las colchonetas. Con el deseo escapándosele por cada poro, se deshizo de los pantalones y se quedó completamente desnudo.
-Ya sé que huelo a choto después de todo el día currando, pero no me puedo esperar –dijo.
-Me gusta tu olor, y tu sabor. Todo me gusta de ti.
El realquilado cubrió con su cuerpo el de Toño atacándole con un delirio de besos impacientes. Le puso su endurecida polla en la boca y a su vez se comió de un golpe la del muchacho.
Toño, dejó escapar de su boca la buena verga del hombre y jugueteó con sus huevos para, a continuación, hurgarle con la lengua en el culo.
-No tienes que hacerlo si no quieres –le interrumpió el realquilado.
-Quiero –es cuanto dijo el chico.
Toño tenía la polla del hombre en la mano mientras le repasaba una y otra vez la entrada del esfínter con la lengua.
Se sentía completamente trasportado con los juegos que el realquilado efectuaba sobre su pijo.
-Para –gritó- o me correré.
Pero el hombre no frenó y Toño le soltó su leche en la boca.
-Lo siento –dijo avergonzado.
-Me he tragao tu lefa, chavalín. Tú te tragaste la mía y yo me he tragao la tuya.
Y le miraba como si acabara de ponerle en un dedo un anillo de compromiso.
-Yo también quiero –solicitó el muchacho.
El realquilado le puso la polla en los labios. Pero Toño los mantenía cerrados.
-¿Qué pasa? Abre la boca.
Pero el chaval seguía con los labios apretados.
El hombre le miró al principio desconcertado, pero de inmediato comprendió que el “chavalín” quería jugar.
Le presionó con una de sus encallecidas manos en las mejillas hasta que la mandíbula cedió y le introdujo la polla hasta los mismísimos cojones provocando arcadas en el adolescente.
-¿Qué, no puedes con toda? Pues te aguantas.
El realquilado le clavaba la verga sin la menor compasión. De los ojos del chico manaban lágrimas de ahogo.
-Cuando acabe con tu puta boca te la voy a hincar en el culo hasta que me harte –le dijo separándole la cabeza tirándole del pelo.
Y le volvió a meter su envidiable rabo en la boca hasta que le descargó toda la lefa.
-No quiero ver que escupes ni una gota o te parto los morros.
Toño obedeció y se tragó el esperma por completo. Incluso estuvo atento a que los restos que goteaban del glande una vez que la corrida se había consumado, no tuviesen otro destino que su boca.
El realquilado se tumbó a su lado. Lo abrazó y le dio un fuerte beso.
-No sé qué me das, cabrón, pero me tienes con el seso servido.
-Tú también a mí.
Se estuvieron acariciando con el calor de esa tarde de agosto empapando sus pieles.
-Ni siquiera sé cómo te llamas –dijo Toño.
-Carmelo –le contestó el realquilado- Como mi padre, y como mi abuelo, y como mi bisabuelo… y no sé si también como mi tatarabuelo. Pero nadie me llama por ese nombre.
-¿Y cómo te llaman?
-Chumbro.
-¿Por qué?
-Dicen que tengo su misma cara.
-¿La misma cara que quién?
-Que el chumbro. Es un diablo que está retratao en el pórtico de la ermita. Las madres asustan a sus hijos amenazándoles con que vendrá el chumbro y se los llevará si se portan mal.
-Son idiotas por llamarte así.
-Ya me he acostumbrao.
-Para mí serás Carmelo. Cuéntame cosas de tu pueblo.
El realquilado le describió cómo era su pueblo, cuántos habitantes tenía, de qué vivían…
Mientras, Toño acariciaba el cuerpo del hombre. Rascaba una zona de piel manchada con cemento o liberaba de yeso la pilosidad que cubría su vientre. Sus caricias tuvieron la virtud de despertar de nuevo el deseo entre los dos.
-¿Has traído la pomada que te das en el culo?
Toño sacó el tubo de la bolsa de tela en la que transportaba la cerveza.
El obrero tomó el tubo, lo desenroscó y tras apretarlo, depositó el contenido que se había escapado bajo la presión, de un color blanquecido, en el dedo índice de su mano derecha.
El adolescente no perdía detalle de la maniobra. Su polla se había empalmado de nuevo.
El realquilado le elevó las piernas hasta que las nalgas dejaron al descubierto el rugoso esfínter. Con el mencionado dedo jugueteó en él impregnándolo con la pomada. El muchacho se emocionó con el entrar y salir del dedo del hombre, que al poco fueron dos y, más tarde, tres.
El obrero, con la verga gritando “quiero follar”, se tumbó al lado de Toño, lo situó de costado y le colocó la punta de su herramienta más preciada a las puertas del trasero.
No hizo falta ejercer una fuerza especial: al chico le entró con suma facilidad. El realquilado lo atrajo por completo contra su pecho para que ni unsolo centímetro de su polla quedara fuera del muchacho.
-¿Te gusta?
-Sabes que sí –respondió Toño con los ojos entornados.
El realquilado le follaba sin prisas, sacándosela hasta que sólo la punta del glande le quedaba en el culo para después hincársela de nuevo hasta los huevos.
-¡Ojalá nos pudiéramos quedar así hasta mañana! –le susurraba el hombre al oído.
-O para siempre.
Los besos se sucedían. Toño buscaba los cojones de su amante para acariciárselos y sentirlos contra los suyos. Acariciaba los muslos recios y peludos del realquilado. Se sentía plenamente suyo y esa sensación le era tan gratificante como un orgasmo.
-Machácatela mientras te follo –le pidió el obrero- Quiero ver cómo te la meneas.
Toño se tomó la polla entre las manos y se dio a masturbarse con morosidad. La polla de Carmelo, el chumbro, le taladraba cada vez con más fuerza.
-¡Qué buen polvo estamos echando, chavalín!
La voz del obrero, estremecida por el placer, añadió elementos de goce a todocuanto el adolescente sentía.
-Me corro –dijo casi llorando.
El realquilado le quitó las manos de la polla y fue él quien terminó de sacudirle el pajote.
De la punta del cipote del chico salío un disparo de semen que fue a parar contra las baldosas.
-¡Joder, eso ha sido una corrida de hombre, chavalín! –le dijo estremecido por el orgasmo que ya le asomaba en la voz. Y se entregó a las más contundentes enculadas contra las nalgas del adolescente derramándose en sus entrañas.
Se quedaron abrazados sobre la colchoneta, prodigándose besos y caricias y quizás sintiendo lo afortunados que eran de haberse encontrado el uno al otro en esa sociedad represiva y difícil de 1970.
La madre de Toño, ayudada por su hija, daba los últimos toques a la mesa. Eran ya casi las dos de la tarde y en breve llamaría a la puerta el realquilado de doña Engracia; lo había invitado a comer ese domingo como agradecimiento por defender a su hijo del despótico encargado del almacén. La casa olía a arroz caldoso, una especialidad que siempre era muy celebrada por la familia.
Toño no paraba de nervios. Quería tener aspecto de adulto (ya se corría como tal, según le había dicho el realquilado el último día que estuvieron follando) pero todo lo que tenía en su armario era ropa de niño. Se coló en los cuartos de sus hermanos por si ellos le prestaban alguna ropa. Pero lo despidieron mofándose de él al grito de renacuajo mimado.
Toño tuvo que resignarse a vestir como el adolescente que todavía era.
La familia se sentó a la mesa y esperó a que llegara el invitado.
Pero a las dos y cinco nadie había tocado a la puerta. Tampoco a las dos y diez ni a las dos y cuarto. Los hermanos de Toño comenzaron a protestar.
-Talvez se le ha olvidado –dijo la madre.
-Si quieres, bajo a recordárselo –propuso el benjamín de la casa.
El padre, hojeaba el periódico local ajeno a cuanto ocurría. Se comportaba con ese estúpido aire distante desde que cedió ante su esposa sobre el trabajo de Toño.
-Sí, baja –aprobó la madre.
Toño descendió las escaleras como un rayo y tocó en la puerta de doña Engracia.
Abrió una mujer grande, de voz recia y que renqueaba de la pierna derecha por un reuma instalado en la rodilla.
-Buenas tardes, doña Engracia.¿Está su realquilado?
-¡Ay, hijo, el pobre Carmelo ha tenido que volver con toda urgencia al pueblo! Se ha muerto su padre.
Toño no podía creer lo que la vecina le comunicaba.
-Dile a tu madre que me disculpe por no advertirla, pero a mi edad una no recuerda ni lo que ha hecho un minuto antes.
Toño se reunió con la familia y dio la noticia.
-¡Será bruja! –se quejó la madre- Me lo podía haber dicho y me hubiera ahorrado tanta parafernalia en la mesa.
Toño vio cómo la presencia del realquilado se liquidaba con la inmediata retirada de su plato. Los hermanos atacaron sin piedad el arroz y hasta el padre parecía satisfecho de que no hubiera invitado alguno a comer.
-No ha querido decírmelo porque no la invité a ella –proseguía la madre con su queja- ¡Si la conoceré bien!
El pequeño de la casa se sintió repentinamente desganado. El arroz que su madre le sirvió en el plato le parecía el manjar menos apetitoso del mundo. Y la compañía de sus hermanos y padre, la menos deseable.
-¿Qué te ocurre? –le dijo su madre.
-¿A nadie le pone triste que se haya muerto una persona?
-Hijo, estaríamos listos si nos pusiéramos tristes cada vez que se muere alguien.
Los hermanos se echaron a reír con la frase de la madre. Sus risas sumieron a Toño en un pesar aún mayor.
Por un mes entero estuvo “el chavalín” aguardando el regreso del realquilado de doña Engracia. Cada tarde se sentaba en las escaleras por si volvía.
Pero el realquilado no apareció.
Se armó de valor y llamó a la puerta de doña Engracia.
Le abrió la mujer, que puso cara de disgusto al verle.
-¿Qué quieres, niño?
-Sabe algo de su realquilado.
-¿Qué quieres que sepa? –dijo con desagrado.
-¿Va a volver?
-No, niño, no volverá. Se tendrá que hacer cargo de las tierras del padre, ya que es el mayor. Pero ¿a ti qué te interesa tanto de ese hombre?
Por un momento Toño estuvo a punto de confesarse con su vecina, de hablarle del vacío que sentía desde que el realquilado había desaparecido de su vida de la noche a la mañana.
-Me caía bien –dijo por fin.
-Pues, hijo, cuánto lo siento. Aunque más lo siento por mí, que bien me venían las cien pesetas a la semana que me daba por la habitación.
Toño comprendió que ya nunca más volvería a saber del realquilado de doña Engracia. Esa misma tarde se acercó a la iglesia parroquial y se sentó frente al cuadro del santo que sufría martirio a manos de los malvados paganos, encarnados en los dos atléticos torturadores. Alzó la vista y sus ojos se centraron en el rostro del que sujetaba el mazo.
Como un vómito, rompió a llorar. Y repetía una y otra vez: vuelve, por favor.
Pero las probabilidades de que las plegarias de un adolescente, que disfruta cuando es sodomizado por un adulto de casi treinta años, sean escuchadas en el reino de los cielos no son demasiadas, ni entonces ni ahora, para qué nos vamos a engañar.
Así que Toño terminó por asumir que lo que él creyó para toda la eternidad, apenas había durado tres meses ; y que el instituto y todas sus novedades, le esperaban.

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