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DIA-DIA

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Radio Vibe HitZ O melhor da musica num só lugar

Sexo §

sábado, 3 de setembro de 2011

Su amigo perfecto


Incluso antes de conocerlo, temí que me gustara. No es que fuera algo premeditado, simplemente el hecho de que mi marido me preguntara qué me parecía si dejaba que un amigo se quedara unos días en casa, me pareció un inicio perfecto a una historia de infidelidad. Por lo visto era un antiguo amigo de la facultad, un romántico viajero que se había recorrido medio mundo buscando aventuras y que pasaba por la ciudad unos días. Le dije que sí, que lo invitara. Y en mi fuero interno desee que fuera atractivo y predispuesto a seducirme hasta caer en la tentación. En realidad llevaba meses con esa fantasía en mi cabeza. Me tenía obsesionada la idea de liarme con otro hombre y ponerle los cuernos a mi marido. Y claro, cuando Sergio me dijo que su amigo, un tal Valentino, viviría con nosotros unos días, no pude evitar que mi mente se pusiera a imaginar. Pensé: ¿Valentino? Un nombre que suena a pícaro. No le ponía cara, la verdad. Con eso que era viajero, con nombre italiano, a lo mejor se parecía a uno de esos héroes aventureros, mmm. En fin, no es que mi marido sea malo conmigo. La verdad es que es demasiado… bueno. Es muy cariñoso, respetuoso, atento, dulce. Nunca se ha emborrachado, es siempre muy correcto, demasiado correcto. Y la verdad, cuando lo conocí me quedé prendada de sus modales más que de su físico, pero luego, ya me entienden, echo en falta algo de morbo, un hombre más macho, más viril. Además, en la cama, mi marido es igual de conservador que en el resto de su personalidad y su pene es… digámoslo claro… demasiado pequeño como para resultar… varonil. Por Dios, ya lo he soltado. Cuando me hace el amor (porque me hace el amor, nunca me folla), ya apenas la noto. Intento moverme, a ver si me puede hacer sentir algo, pero es inútil. Sufro por él y no quiero hacerle daño, pero para qué nos vamos a engañar, soy una mujer atractiva, quizás no estoy hecha para él y me merezco algo mejor, disfrutar del sexo plenamente, saber qué se siente estando con un hombre de verdad.
El día que llegó nuestro invitado me arreglé un poco más de lo habitual. Me puse informal, pero mona. Vaqueros ceñidos, camiseta casual que marcara mis pechos un poco, pelo suelto y sexy, maquillada para resaltar mis ojos verdes y labios carnosos (sé que suena engreída, pero una mujer conoce sus armas) y taconazos. Era media tarde, por lo que podía ser un look acorde, ¿no? Sergio abrió la puerta y entonces lo vi… Me quedé impresionada, quiero decir, no era el tipo de hombre que me imaginaba, no sé, tipo Indiana Jones con ropa caqui, no, nada de eso, era un chulazo musculoso, moreno, muy moderno, con pendientes, pelo engominado, gafas de aviador marca Police, mandíbula cuadrada, sonrisa de chico malo, dientes blanquísimos… Y Dios, esos brazos… Llevaba una camisa negra de manga corta y dejaba a la vista unos biceps enormes, inflados. Eran espectaculares. Se apreciaba un tatuaje en uno de sus antebrazos, unas letras chinas muy sugerentes y misteriosas. Después lo vi con esos vaqueros desteñidos, marcando unos muslos sobrecogedores, fuertes. Y ese bulto en la entrepierna, tan arrogante. Yo me quedé como tonta, mirándolo, sin poder hablar.
-Valentino, te presento a mi mujer, Sara.
-Sara, un placer conocerte -me dijo acercándose. Se quitó las gafas y me dio dos besos en las mejillas. Su perfume era una mezcla amaderada de almizcle y tabaco, muy intenso, muy masculino. Olía a un hombre seguro de sí mismo, te hacía sentir que a su lado estarías segura y a salvo. Cuando se apartó, le miré a los ojos, de un verde intenso que contrastaba con su piel morena y su cabello negro. Un sueño hecho realidad. Comprobé que sobresalía otro tatuaje tribal por el cuello de la camisa, un tatuaje que debía cruzarle el pectoral y parte del hombro. Muy sexy, muy, muy sexy.
-Ho-ola, soy Sara-a. Encantada-da.
Ese fue mi primer encuentro con él. El resto fue un sueño erótico que jamás imaginé vivir.
2
Durante la tarde preparé una cena especial para darle la bienvenida a nuestro nuevo huésped. Luego me duché. En la ducha, miré la cuchilla de afeitar y pensé que tal vez… bueno, decidí afeitarme completamente mi vello púbico quedándome lisa y depilada por primera vez en mi vida. Al principio me sentí extraña, pero más atractiva. Me miré el sexo y supuse que quedaba más sensual, más exquisito. No quise ni plantearme la razón por la que lo hice, pero me sentí bien haciéndolo. Después me fui al dormitorio y me dispuse a arreglar un poco. Me miré en el espejo y me puse de perfil. Bueno, a pesar de mis treinta y un año me considero una mujer atractiva. Morena, ojos azules eléctricos, delgada, alta (casi 1,80), con un trasero de esos canijos que tanto os gustan a los hombres. A veces me dicen que guardo cierto parecido con la modelo Emily DiDonato, pero eso no es algo que yo deba decir.  Mientras me probaba algunos vestidos, alguien tocó a la puerta del cuarto.
-¿Sí?
-Disculpa Sara… -Era Valentino desde el otro lado de la puerta:- Quería saber si podía utilizar la ducha.
-Claro, estás en tu casa. Tienes toallas nuevas en el armario.
-Vale, gracias.
Hubiera querido decirle que entrara, y preguntarle qué le parecía este vestido, el otro, si me quedaba bien, si me hacía sexy. Pero no lo hice, evidentemente. Me puse un minivestido chemise negro con encajes un poquito demasiado corto. Dudé un instante si llevar pantimedias o no, pero enseguida preferí ponerme unas muy discretas, color carne, de aspecto suave de 15 den. Me hacía sentir provocativa y no quería pasar desapercibida esa noche, por supuesto. Me maquilé y me puse el pelo en plan recogido sexy, con mechones caídos a cada lado de la frente. Me eché mi perfume preferido y unos tacones con puntera abierta para que se apreciaran mis uñas de los pies pintadas de rosa. Al salir escuché el agua. El tío se estaba duchando. Mi marido estaba en el salón, tenía la tele encendida. ¿Y si? Por lo menos un vistazo, ¿no? Eso no era malo… Abrir un poquito la puerta y fisgonear… Caí en la tentación y abrí un poco la puerta del cuarto de baño. Estaba abierta… Seguro que la había dejado abierta a posta, para facilitar el pecado, pensé. Miré de reojo y vi a ese hombre frotándose con el gel por todo el cuerpo. ¡Qué musculos, Dios mío! Unos pectorales de gorila decorados con un tatuaje tribal que le cubría la mitad del torso y parte del hombro derecho (tal y como imaginé), y su vientre plano, abdominales marcadas, piernas robustas y un… pollón inconmensurable. Le caía por la entrepierna, tan grande, tan amenazante, que se me hizo la boca agua. Su vello púbico estaba recortado con delicadeza, dejándole una sombra triangular muy sexy. Al girarse vi cómo se tambaleaban sus testículos. ¡Eran enormes! Eran como, no sé, dos pelotas de tenis, lo juro. Impresionantes. Me puso tan cachonda que me noté mojada ahí abajo. Tuve que moverme como si estuviera haciéndome pipí para evitar que esa sensación de humedad se intensificara. Luego me llegó ese olor corporal tan fuerte, tan determinante, tan salvaje y delicado al mismo tiempo…
-¿Cariño?
Di un respingo. Era mi marido, de pie en el pasillo, mirándome extrañado. El corazón me latía a mil por hora.
-¡Hola! ¡Eh, cielo! ¿Qué susto me has dado?
-¿Qué haces?
-Tengo… es que quería… entrar a hacer pipí y está… ocupado.
-¿Valentino?
-Sí, sí.
-Pues utiliza el otro baño.
-Claro, el otro baño, a eso iba.
Me fui corriendo y me encerré en el baño en suite de nuestro dormitorio. Estaba atacada, el corazón desbocado. La mezcla del miedo a que mi marido se hubiera dado cuenta de que estaba espiando a su amigo desnudo y lo cachonda que me había puesto la imagen de aquel tío hizo que perdiera los papeles. Me subí el vestido, me bajé las pantimedias y las braguitas y vi que no solo estaba mojada, ¡estaba empapada! Me toqué y comprobé mis dedos encharcados de fluido transparente. Estuve un rato masturbándome y creo que tuve varios orgasmos seguidos. No podía quitarme esa enorme polla de mi cabeza, esos huevos de toro bravo, ese cuerpo escultural, esos tatuajes tan peligrosos, esos… brazos. Ayyyyyy… Me metía un dedo, dos, tres, luego me frotaba el clítoris, mientras me apoyaba contra la pared para no desfallecer. Allí estaba yo, con las medias y las braguitas bajadas, pensando en cómo sería clavarme de rodillas frente a ese hombre, lamerle esos huevos, meterme su impresionante polla en la boca… Uy, no me cabe entera, no, no puedo abarcar todo esto con mi boquita. No puedo, lo intento, pero es un pollazo tan grande… Lameré tus huevos como una gatita buena, ¿puedo?, ¿me dejas, Valentino? ¿Me dejas lamerte entero, por favor? ¿Por qué tienes que estar tan bueno, cabronazo? Me corrí entre espasmos y esperé unos minutos para recomponerme. Luego me limpié y salí.
La primera noche iba a ser muy difícil con aquel tío en casa.
3
Durante la cena, no pude tragar ni bocado. Mi marido y yo nos sentamos juntos, y Valentino se puso frente a nosotros. Llevaba una camiseta blanca ajustada de cuello tunecino con una fila de botones abiertos hasta la línea interna de sus pectorales. Una cadenita de oro muy delgada y fina rodeaba su cuello ancho y firme. Su musculado torso estaba perfectamente definido, incluso se le marcaban los pezones con claridad. No pude apartar la mirada de sus brazos. Sus bíceps rocosos se abultaban con cada leve movimiento. Y luego esas venas… Tenía ramajes de venas gordísimas por los antebrazos. Nunca creí que la visión de unos brazos así me iban a poner tan caliente, pero no veas cómo estaba.
-¿Voy por más vino? -preguntó mi marido.
-Por mí de acuerdo -dijo Valentino levantando su copa y dedicándome su trago con elegancia.
Con mi marido en la cocina, no me atrevía a mirar a ese hombre a los ojos. No quería perder los estribos.
-Estás preciosa, Sara.
-¿Cómo? -pregunté nerviosa.
-Estás muy sexy con ese vestido -me dijo mirándome con sus ojos verdes de jaguar.
-Gracias.
-Si supieras lo duro que me tienes. Te follaría aquí mismo encima de la mesa, delante de tu marido si hiciera falta.
-¿Perdona?
Joder, joder. ¿Qué había dicho? ¿Había oído bien? Me crucé de piernas y disimulé, ya que mi marido volvía a la mesa.
-Aquí traigo el vino.
-¡Estupendo! -exclamó Valentino guiñándome un ojo.
Yo me levanté incómoda. Tenía que ir al lavabo. No podía soportar más la situación.
-¿Qué te ocurre cariño? -me preguntó mi marido.
-No nada, tengo que ir al lavabo, disculpa.
Cuando pasé al lado de Valentino noté su mirada en mis piernas y tuve que contenerme para no lanzarme a sus brazos.
Llegué hasta el servicio y me encerré dentro. Otra vez en el cuarto de baño, pensé. No comprendía cómo me había entrado aquel hombre de aquella manera, me tenía loca, como una adolescente en plena ebullición sexual. Era increíble la atracción que sentía, me latía el corazón, sentía cosquilleos en el estómago, ¡me mojaba entera con solo verlo! En ese momento, tocaron a la puerta.
-¿Sara? ¿Te encuentras bien?
¡Era Valentino!
-Sí. Salgo enseguida.
¿Cómo había dejado a mi marido solo en el salón? ¿Qué pensaría a todo esto? Allí solo, sin saber qué ocurría.
Abrí la puerta y Valentino se abalanzó sobre mí. Yo me resistí débilmente, intenté apartarlo pero el me besaba el cuello, me lo lamía. Me inundó de su fragancia, fuerte, dura, implacable. Aquello me volvió loca y le besé. Nuestras lenguas se batieron con fuerza, nerviosas, impacientes.
-Dios, tío, me tienes ida. No puedo ni pensar. Vas a acabar conmigo.
-Mmm, Sara. Eres una gatita irresistible. Mi amigo demuestra tener un gusto exquisito.
-Mi marido… shhhh, ¿está en el salón?
Él no me respondió sino que me metió mano por debajo de la falda, acariciándome las pantimedias, tocándome el culo con brutalidad.
-Mmm, me encantan tus medias. Me pone cachondo que te las hayas puesto. Tienes unas piernas tan sexy.
-Oh Valentino, espera, por favor. Espera.
Él cogió algo de su bolsillo y coló luego su mano dentro de mis medias. Apartó las braguitas y empezó a hurgar mi coño con algo duro. Era una pieza en forma de huevo, noté que era plástico. Valentino no tuvo problemas en metérmelo hasta dentro, ya que estaba muy mojada y deslizaba bien.
-Joder, estás chorreando, perra.
-¿Qué me estás haciendo?
-Cállate, es un juguetito.
Intenté huir de la situación, pero claudiqué. Pensar que mi esposo estaba en el salón, esperando a la mesa a que su amigo y yo volviéramos, me excitó tanto que perdí la cabeza y empecé desquiciada a comerle la boca a aquel hombre.
-¿Estás mejor? -preguntó mi marido desde la puerta del cuarto de baño.
Rápidamente nos separamos. Me alisé el vestido y me recompuse.
-Ya parece que está mejor -dijo Valentino con tranquilidad.
¡Casi nos pilló mi marido!
-¿Qué te pasa, cariño? ¿Estás muy encendida?
-Oh, nada, amor. Estaba un poco mareada y creí que iba… a… vomitar. Me he puesto nerviosa.
-Vaya, quieres que llame al médico.
-No, gracias. Ya estoy bien.
Miré a Valentino con los ojos entrecerrados. Y él riéndose. Era un cabronazo, un chulo engreído y me estaba enamorando de él. ¡Qué arriesgado fue aquello y qué excitante!
Justo antes de incorporarnos a la mesa, Valentino me susurró al oído:
-No te saques el juguete. Nos vamos a divertir.
Una vez en la mesa, brindamos con el vino. Sergio dijo algo así como “Por nosotros” y chocamos las copas. Justo cuando tomé un sorbo. La pieza que estaba metida dentro de mí empezó a vibrar. Era una vibración eléctrica que me cosquilleaba toda la pared interior, produciéndome un placer indescriptible. Era una mezcla entre el inicio del orgasmo y esa extraña sensación de gustazo cuando haces pipí después de estar mucho tiempo aguantándote. Era como un escozor de placer irrefrenable. Casi me atraganté con el vino. Me puse la mano en la frente y agaché la cabeza. Me mordí el labio para no gemir. Crucé las piernas y miré hacia Valentino totalmente alborotada. El muy cabrón tenía un pequeño mando a distancia con el que activaba el chisme.
-Sara, estás muy rara. Será mejor que vayamos al médico. Tal vez te haya sentado algo mal -me dijo mi marido visiblemente preocupado.
Zzzzzzzzzz Zzzzzzzz Zzzzzzzz. Ahora el aparatito zumbaba a intervalos intermitentes. Valentino jugaba conmigo, estaba siendo muy malo, muy, muy malo.
-No me pasa nada, será-ah-ah el vinohh. Vaya, mmm, no sé. -intenté hablar con naturalidad, pero fue un desastre. Me moría de gusto. Aquel diminuto huevo de plástico me estaba haciendo ver las estrellas y no podía soportarlo.
Zzzzz, Zzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz….
Dios, no tan largo, para, para, que me voy a correr, suplicaba con la mirada a Valentino, quien sonría, mientras yo cruzaba y descruzaba las piernas para soportar las oleadas de gozo. Las pantimedias estaban empezando a filtar un charquito en la entrepierna, estaba teniendo como pérdidas, una sensación muy rara la verdad.
De pronto, Sergio se agarró a la mesa a punto de tambalearse.
-Vaya sueño que me ha entrado… Joder…
-Tío, no estás acostumbrado a beber o qué – le preguntó Valentino con tono de sorna.
-Pues no sé. Todo me da vueltas…
-¿Qué ocurre? -pregunté mirando primero a mi marido y luego a nuestro invitado, ya que algo me decía que el malestar de Sergio se debía a algo que le había echo aquel cabronazo.
Valentino juntó las manos y se las puso bajo las mejillas. Se contoneó haciendo la pantomina como si estuviera cayendo en un dulce sueño, tan guapo, tan atractivo, urrrghhhhh.
-Uhhh, qué sueñecito tiene tu marido, Sara, míralo.
Sergio se levantó y cayó en redondo sobre el suelo.
-¿Qué le has echado? ¿Le has echado algo en el vino, verdad? -le pregunté alterada.
-Tranquila, es un poco de somnífero. Estará durmiendo como una marmota toda la noche.
Valentino se levantó y cogió a mi marido. Lo llevó a nuestro dormitorio de matrimonio como si fuese un niño pequeño en brazos de su papi. Lo dejó caer en la cama y le quitó los zapatos. Yo fui detrás de él, asustada e intrigada.
-¿No le pasará nada? -pregunté como una boba.
-A él no… Pero a ti pienso follarte hasta que ya no puedas soportarlo más.
Ufff. Sonó tan implacable, tan duro, tan chulo que me deshice literalmente. Noté las rodillas débiles y casi no me pude sostener en pie. Él me cogió con sus fuertes brazos y me besó. Le daba lametazos a mi lengua y yo cerraba los ojos como una colegiala en su primera vez.
-¿Por qué estás tan bueno? Dime…
-Es verdad, estoy echo un bombón. No sé si te merecerás que te folle, ¿sabes?
-Sí por favor, he sido muy buena, me lo merezco, por favor, fóllame.
Humillarme así fue el no va más. Suplicarle a aquel hombre que me follara me hizo encender hasta el último poro de mi piel. Era una llama ardiente.
Valentino me tendió en la cama. ¡Junto a mi marido!
-¿Te gustaría que te follara aquí, al lado de tu esposo?
-No me lo preguntes, por favor.
-Lo tomaré como un sí.
Valentino se entretuvo un buen rato en lamerme los deditos de los pies, sin quitarme los tacones de puntera abierta. Seguía con la punta de su lengua la costura de las medias, la mordía, la besaba. Seguidamente se dedicó a lamer el empeine, el tacón, los gemelos, pellizcándome las pantimedias, comprobando su elasticidad y soltándola para que golpearan contra mi piel. Aquel preámbulo me estaba descocando, me retorcía de cosquillas y placer, reía y gemía a partes iguales. Sus mejillas rasposas sobre mis pantimedias, su lengua, sus labios, mmmmm. Miraba de reojo a Sergio, sumido en un profundo sueño y me calentaba más y más. Era morboso estar con otro hombre delante de él, en nuestra cama de matrimonio. ¿Y si se despertaba? Uhhhh, uhhhhh, mmmmm. Siiiiii. ¿Qué pasaría? ¿Se pondría como loco a gritar? ¿Se enfurecería o tal vez disfrutaría mirando? Mientras pensaba en las situaciones más rocambolescas, Valentino había llegado ya a mi chochito y estaba dedicándole una buena atención, rebañando con su lengua todo el puente de algodón de las pantimedias.
-Estás muy mojada, puta. Mírate, has impregnado las pantimedias. Están bañadas en tus fluidos.
-Oh, sí. Es tu culpa, todo culpa tuya…
Valentino cogió el pequeño mando que tenía guardado en el bolsillo y lo volvió a accionar. El huevo vibrador que estaba en mi interior reanudó su zumbido enloquecedor. Sin desconectarlo buscó con tiento alrededor del rombo de algodón de las medias e hizo un pequeño agujero con los dedos, luego las rasgó hasta abrirlas un poco, lo suficiente para tener vía libre a mi chochito. Yo lancé un chillido, muy aniñada, cuando vi que me rompía las medias. Era excitante, salvaje. Un macho fuerte y rudo enfrentándose con brutalidad a mi lencería delicada, un contraste sexy, mmmmm.
-Bonitas braguitas.
-Cómetelas, cabrón -dije fuera de mí. El vibrador me estaba cosquilleando la vagina y ya no podía soportar tanto placer.
Valentino me sonrió y me empezó a chupar y a morder por encima de mis braguitas hasta que por fin las apartó.
-Delicioso. Lo tienes todo depilado. Eres una guarra viciosa, lo sabía.
-Síiii, tu haces que sea así.
Me encantaba que utilizara esas expresiones tan fuertes conmigo. “Guarra viciosa”, ohhhh, siiiii, eso era, así me sentía.
El zzzzzzzzz del vibrador sonaba alto y claro. Yo pellizcaba la almohada, la mordía, me metía la mano en la boca para no gritar. Mientras, Valentino se dispuso a lamerme el coño con una delicadeza y dulzura suprema. Dibujó con la punta de su lengua las letras del abecedario sobre mis labios húmedos. La A empezaba desde mi clítoris, dos líneas y luego cruzaba los labios de derecha a izquierda. La B fue delciosa, la C, desde clítoris hasta el ano un arco encantador, mmmmm, D, F, G, la H me volvió loca ya que rozaba el clítoris sin tocarlo, la I fue minúscula (i) ya que el tío repasó verticalmente mi rajita y al final se puso como loco a lamerme el clítoris para dibujar el punto con precisión. Ya estaba a punto de correrme y al llegar a la J estallé de gusto. Fue justo en el momento del rabito final, lo hizo con un encanto irresistible. Era evidente que el vibrador de fondo haciendo de las suyas y la lengua experta de aquel tío, era una combinación difícil de tolerar por mucho tiempo. Grité por todo el caudal de placer que derramé como si se abriera una presa en mi interior.
-Mmmm, no has aguantado mucho. El récord está en la Q.
-Qué hijo de puta eres…-dije exhausta:- Un hijo de puta guapísimo con una lengua increíble.
Sergio se movió un poco y me asusté. Se dio media vuelta y se quedó con la cara hacia mí. Tenía los ojos profundamente cerrados, pero un leve parpadeo hubiera sido suficiente para descubrirme abierta de piernas con la cabeza de su amigo enterrada en mi coño depilado.
-Deja que tu maridito descanse mientras te enseño lo que es estar con un hombre.
Valentino metió dos de sus dedos en mi coño y retiró con delicadeza el vibrador. Noté que estaba toda mojada, ya que sus dedos chapoteaban. Luego se desabrochó el pantalón y se sacó su gigantesca herramienta. Iba a empezar a follarme, pero le detuve.
-¿Qué ocurre? ¿Te sientes culpable?
-Es que necesito chupártela antes… Nunca me he metido en mi boca un… una… bueno, así de…
-¿Te gusta?
-Ajá… -asentí con mirada gatuna, inocente, perversa.
-Ven aquí, anda.
-Gracias, señor, es muy considerado conmigo por dejarme chupar su impresionante polla…-fingí voz de señorita fina e inconsciente, me puse a mil interpretando ese rol de sumisión absoluta. Él sonrió y se sentó con las piernas extendidas, mostrándome sus dotes masculinas. Su sonrisa era tan malvada, de sinvergüenza, de macarra intratable, mmmm. Y sus dientes perfectos, blancos, oh Dios mío.
Cuando me enfrenté a aquel rabo puse los ojos como platos. Era como un mástil robusto, gordo, algo curvado como un calabacín de esos con los que todas las mujeres han fantaseado alguna vez.
-Es tremenda…-supiré totalmente fascinada por aquel desmedido miembro viril. No lo comprobé pero juraría que era tan largo como mi antebrazo y desde luego mucho más grueso. Lo acaricié con mi mano derecha, arañándolo cariñosamente con mis largas y cuidadas uñas pintadas de rojo. La imagen de mi alianza de casada pegada a aquellas venas como tuberías me pareció algo casi grosero, pero increíblemente excitante.  Aquel jugueteo parecía gustarle mucho a Valentino ya que empezó a echar la cabeza hacia atrás, entregado.
-Los huevos, nena, pasa tus uñas por mis huevos.
Y yo arañé aquellos dos cocos depilados con mis uñas. Sin dejar de cosquillearle sus testículos, empecé a lamer su polla de arriba abajo, a lo largo, deteniéndome en la cúspide para saborearla. Su glande era gordo como una seta gigante y esponjosa. Apenas me entraba en la boca. Después de meterme todo lo que pude en la boca, sobresalía más de la mitad de su polla. Increíble.
-Mmm… Es tan grande… No me cabe entera.
-Y te gusta que sea así, ¿verdad? Que no te quepa… ¿A que sí?
-Sí.
-Ya estás harta de que te metan esa pollita débil y ridícula que apenas sientes.
-Oh sí.
-Ya estás aburrida de que te folle un enclenque buenazo, cariñoso, que a veces se olvida de quitarse las gafas mientras te lo hace, que tiene esa cara de profesor pálido y enfermizo. Quieres probar un hombre de verdad, un macho, que huela macho, que te trate como una puta, ¿verdad?
-Joder, Valentino, no seas así, por favor-le suplicaba mientras no dejaba de chupar como loca aquel pollón inabarcable.
Entonces me dio una bofetada seca, no muy fuerte, pero me dejó paralizada por un segundo.
-¡Los dientes, nena! ¡Ten cuidado!
-Lo siento.
-Sigue. Cómetela, guarra, pero con cuidado.
Aquel trato vejatorio logró que estallara en mí una auténtica furia sexual. Me puse loca perdida y creo que le hice la mejor mamada de su vida, al menos lo intenté.
-Para, para, paaara que me corro, zorra. Uffff, eres buena, Dios.
-Gracias…
-Eres una putita con una boca fantástica. ¡Ven aquí!
Me cogió por los pelos y me obligó a ponerme a cuatro patas. Me clavó la verga en el coño y me penetró hasta las entrañas. Lancé un grito de dolor y placer. Empezó a hundir todo aquel embutido de venas hasta lo más profundo, sacudiéndome con embates rudos. Toda la cama se agitaba como en un terremoto. Yo miraba a Sergio que estaba allí al lado tendido, moviéndose al ritmo que imponía su amigo y me volví loca.
-¡¡SIII!! ¡¡SIII!! ¡¡FÓLLAME!! ¡¡FÓLLAME COMO A UNA PERRA!!
Valentino me hacía sentir tan llena, no sé cómo explicarlo, su polla llegaba a sitios donde ningún hombre había llegado, tan hondo, tan profundo que me sentí invadida hasta en lo más recóndito.
-¡¡Joder, que bien me follas!! Me tienes como una perra en celo, mierda. Síiii. Así, dame, dame fuerte, destrózame con ese pollón.
-Oh, puta, me encanta tu culo, así, enfundado en estas pantimedias, mmmm. ¡PUTA! -bramaba Valentino, pellizcándome las pantimedias, maltratándolas, haciéndole pequeños pliegues por donde se sujetaba a modo de riendas.
-¡¡Así, móntame, písame, párteme en dos!!
El tío impuso una velocidad endiablada a su cadera. Casi me desmayé. La cama se agitaba con tanta fuerza que el cabecero empezó a sonar contra la pared. Yo no dejaba de mirar a Sergio. ¡Era imposible que no se despertara con todo aquel escándalo! Por un momento, creí ver que los ojos se movían debajo de sus párpados cerrados. ¿Estaría despierto escuchándolo todo? Imaginé por un momento que era así, que mi marido era consciente de todo y que se hacía el dormido para no interrumpir la situación o tal vez para no mostrar su incapacidad para ser un hombre y poner a cada uno en su sitio. Aquellas ideas me animaron a ser más desenfrenada aún y me comporté como una auténtica furcia profesional con su amigo perfecto.
-¡Quiero ponerme encima, tío, vamos!
Me coloqué encima y lo cabalgué durante un buen rato. Movía mi culo en círculos mientras saltaba sobre él, dándole a las penetraciones una rosca que me proporcionaba un extra de gozo.
-¡Oh, oh, zorra, venga, vamos, muévete, puta, así!
-¡Adentro, quiero… ese… pollazo… ahí, ahí, ahí, dentro, dentro, más, dentro, hasta el fondo, cabrón, así, cabronazo, mmmmm, así! -gritaba entre gemidos, saltando y brincando sobre aquel morenazo guapísimo.
Miré a Sergio y sus ojos seguían moviéndose. Incluso me dio la impresión de que se estaba sujetando para no caerse de la cama ante aquellos movimientos tan bruscos.
-Creo que me voy a correr… -dijo Valentino, exhausto.
-No, no. Aguanta. Rómpeme el culito, por favor. Quiere me des por el culo como a una puta barata.
Me incorporé y me puse de nuevo a gatas, con el culo bien en alto. Puse mi cara prácticamente rozando con la de mi marido. Valentino se apresuró y se dispuso a introducirme aquel desproporcionado miembro por el ano. Estuvo un buen rato intentándolo, poco a poco, echándole saliva, dejando que el presemen lubricara la entrada. Fue doloroso, pero lo consiguió al final. Una vez dentro, el dolor se fue mitigando, dando paso a un placer sucio y vicioso. Valentino no dejaba de decirme lo puta que era, lo estrecho que tenía el culo. Me sentía rota, usada, sucia, y me encantaba…
-Mierda, estás estrecha. ¿Eres virgen de culo? Seguro. Este maricón jamás te ha dado por detrás, ¿verdad?
-No nunca. Tu eres el primer hombre que lo hace.
-¡Toma, toma, puta, te cabe bastante, joder!
De pronto perdí los papeles y empecé a hablarle a Sergio al oído.
-Hola cariñito, te gusta lo que estás oyendo, ¿verdad? Estás despierto, pero no te atreves a abrir los ojos y enfrentarte a tu deber de hombre de poner orden en tu casa. Tu amigo me está enculando delante tuya y mírate. Aquí quietecito, mi vida, sin decir una palabra para no molestar. Eres un cornudo, amor, un cornudo y estás consintiéndome demasiado, ¿no te parece?
-¡Oh Dios! ¡Zorra! ¿Qué haces hablándole así a tu marido? ¡Sigue, sigue! -gritaba Valentino fuera de sí, mientras seguía abriéndome el culito con su pollazo intratable.
-Oh, Sergio, la tiene tan grande que seguramente no podré llegar a sentir tu diminuta pichita nunca más. ¿Qué vamos a hacer? Dime, dime, cornudo, ¿qué hacemos? Seguro que no te importa que Valentino venga a follarme de vez en cuando, ¿verdad amor?. ¿Te irías al sofá mientras tanto, cielo? Claro que lo harías. Incluso me suplicarías que te dejara mirar, mirar cómo folla un macho, un hombre de verdad.
Valentino y yo nos corrimos juntos. El eyaculó dentro de mis entrañas y yo sentí por primera vez un orgasmo anal: contraje la musculatura del esfínter y sentí como si una pluma me cosquilleara la espina dorsal por dentro. Una locura. Tuve pérdida de orina, “squirting” creo que lo llaman. El caso es que me mee encima. Ufff, qué pasada. Notaba todo aquel semen salir por mi ano. Estaba echa un cuadro. Cuando miré a Sergio, parecía que seguía dormido, pero solo lo “parecía”. Una visible erección debajo de sus horribles pantalones de pana lo delataban. ¡El muy cornudo se había puesto cachondo con nosotros! Entonces supe que nuestra relación no volvería jamás a ser la misma.
-¿Sergio? -pregunté algo recelosa -. ¿Estás despierto?
Y el abrió los ojos.
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